En la calle Abejuela, en Carabanchel, hay una sala de bloque que es, en realidad, otra cosa. Se llama Bulder Queen, no la lleva ningún dueño sino una asociación de escaladores, y para entender por qué es especial hay que empezar por el rocódromo del que nació: el Bulder King.

Todo empezó en un sótano

En 1999, cuando «la escalada en Madrid no era un deporte que estuviese de moda en esos años», tres amigos se metieron en un sótano de la calle Abejuela y abrieron el Bulder King, uno de los rocódromos pioneros de la ciudad.

Y lo levantaron ellos mismos, a pulso: invirtieron sus ahorros y lo que ganaron durante casi un año, y le dedicaron medio año de tardes, fines de semana y vacaciones taladrando la pared y montando presas una a una, hasta convertir aquel sótano en una sala de bloque de verdad. La clase de proyecto que solo se emprende por amor a algo.

Era un rocódromo con sus alumnos y su profesorado, punto de encuentro de buena parte de la escena madrileña de entonces. Como recuerda Paco Murcia en el podcast Leyenda Viva de Climbfilm, allí entrenaban él y buena parte de La Patonae, aquella pandilla legendaria que había marcado la época dorada de Patones y que hoy son ya viejas leyendas que aún siguen en activo. Entre semana se entrenaba allí y los fines de semana se iba a la roca. Fueron, tal como lo cuentan, «unos años bonitos» — y tienen su mérito, en una ciudad donde escalar todavía sonaba a rareza.

Cuando el Bulder King no pudo seguir

Llegado un punto, el Bulder King no pudo seguir adelante y a mucha gente le costaba hacerse a la idea de que echara el cierre. Es lo que tienen estos sitios: cuando cierra un rocódromo así no se apaga un negocio, se queda sin casa una comunidad entera.

Entonces llegó Bulder Queen

Así que hubo quienes decidieron que aquello no tenía por qué morir. En 2018, en lugar de reabrir un negocio, montaron algo distinto: una asociación deportiva autogestionada y sin ánimo de lucro. Así nació Bulder Queen, en la misma calle Abejuela de siempre.

«Bulder Queen es mucho más que una sala de escalada: es una comunidad.»

Hoy es un rocódromo centrado en el boulder donde las cuotas van íntegras a sostener el local —alquiler, material, mantenimiento—: nadie se lleva un beneficio. Cada socio tiene su llave y entra a escalar cuando quiere, los 365 días del año; las clases las dan los propios socios; se organizan salidas a la roca; y se cuida que no haya masificación ni prisas. Autogestión, colaboración y escalada, con el mismo aire de «familia» y «vieja escuela» del principio.

Lo que de verdad cambió

Y aquí va una reflexión nuestra, no suya. En ese salto hay bastante más que un cambio de nombre. Un rocódromo con profesorado y alumnos tiene, por definición, una jerarquía: quien enseña y quien aprende, quien gestiona y quien paga. Al convertirlo en asociación, esa jerarquía se afloja: dejan de existir un dueño y unos clientes, y aparecen socios que sostienen entre todos un sitio que quieren.

Y lo mejor de esta pasión pasa, casi siempre, cuando nadie manda y nadie sobra. La escalada fue cosa de iguales desde el principio; ellos encontraron la manera de que lo fuera también de puertas para dentro.

Y quizá ese sea el mayor homenaje que se le puede hacer a algo que quisiste: no embalsamarlo, sino continuarlo y renovarlo sin perder las raíces ni la esencia que te hizo llegar hasta allí.


Si andas por Madrid, Bulder Queen está en la calle Abejuela 15 y se deja ver en Instagram como @bulder_queen. Nosotros solo añadimos una cosa: da igual el rocódromo o la roca — lo que de verdad sostiene todo esto es la gente con la que escalas.

Encuentra con quién escalar →

Gracias a Bulder Queen por contarnos su historia. Los datos del Bulder King proceden de su propio relato, de un reportaje de la revista Desnivel, y de las pinceladas que dio el gran Paco Murcia en el podcast de Climbfilm.