Llegas por primera vez a una zona nueva. Antes de tocar la roca, alguien te cuenta dónde se puede conseguir la guía local. La encuentras: a veces es un cuadernillo cosido a mano con croquis dibujados a rotulador; otras, una guía muy elaborada con fotos hechas a pie de bloque. Lo que casi nunca pensamos es cuánto trabajo cabe dentro de esas páginas.
Este artículo es un homenaje a esa gente: los que hacen las guías locales y los que fomentan y crean las escuelas de escalada. Porque detrás de cada croquis que usas o cada camino que transitas hay una historia que rara vez se cuenta.
Lo que no se ve en un croquis
Una guía local no empieza en la imprenta. Empieza años antes, cuando alguien mira una pared o un bloque y decide que ahí hay líneas por hacer. Y a partir de ahí, el trabajo es enorme y casi siempre invisible:
- Investigar y pedir permiso. Averiguar de quién es el terreno, hablar con propietarios, vecinos, ayuntamiento y organismos, y llegar a acuerdos antes de tocar nada.
- Abrir y equipar. Limpiar la roca, buscar la línea, colocar parabolts o químicos, comprobar reuniones. Material caro y horas colgado que nadie te devuelve.
- Documentar. Medir cada vía, decidir el grado, ponerle nombre, fotografiar la pared con buena luz y trazar el recorrido encima. Repetir por cada línea de la zona.
- Maquetar y autoeditar. Ordenar los sectores, dibujar los accesos, escribir las aproximaciones, y pagar de tu bolsillo una tirada de ejemplares sin saber si se venderán.
- Distribuir. Dejar unos cuantos en el bar, en el estanco, en la tienda de montaña. A veces venderlos uno a uno, en persona, a quien pasa por la zona.
Casi nadie hace esto por dinero: se hace por amor a una escuela y por dejar algo a los que vengan detrás. Si quien las hace echa la cuenta honesta de horas y euros, la mayoría salen a pérdidas. Y aun así se siguen haciendo.
El valor de las guías y el respeto a las escuelas
Hoy es fácil encontrar un croquis de casi cualquier sitio: un PDF que circula por un grupo, una captura, una reseña suelta en una app. Es cómodo y es gratis. Pero cuando puedas, compra la guía oficial. Tiene efectos muy concretos:
- El dinero vuelve a la roca. Parte de lo que deja una guía suele reinvertirse en reequipar: los anclajes envejecen, y quien los repone es, muchas veces, la misma gente que hizo la guía.
- La información es fiable. Grados, accesos, épocas y normas de la zona contrastados por quien conoce el sitio, no copiados de tercera mano.
- Es reconocer un trabajo. Comprar la guía es la forma más simple de decirle a quien equipó la vía o limpió el bloque «gracias, esto vale la pena».
Y hay una segunda mitad del trato que no cuesta dinero: respetar el sitio. Una escuela vive de un equilibrio delicado —accesos, propietarios, vecinos, fauna— que se sostiene con acuerdos y con sentido común. Sigue los caminos marcados, no dejes rastro y no fuerces zonas restringidas: la zona no es nuestra, la usamos prestada. Comprar la guía y respetar la zona son, en el fondo, lo mismo: reconocer el trabajo previo y asegurar el futuro de la escalada de la zona.
En la sierra de Madrid
No hace falta irse lejos para verlo. Alrededor de Madrid hay escuelas de escalada que existen tal y como las conocemos gracias al trabajo constante de escaladores locales. Dos ejemplos que queremos contar bien — con su propia voz, no con la nuestra:
San Martín de Valdeiglesias. Braulio Expósito lleva equipando estas paredes de granito desde 1996, cuando abrió las primeras vías de la zona. Casi tres décadas después sigue en ello, y cuando le preguntas qué le gustaría que la gente supiera, no habla solo de vías nuevas sino de mantenimiento:
«Seguimos equipando vías nuevas y lo más importante es que realizamos un constante mantenimiento de todas las zonas de escalada, sustituyendo cualquier reunión o seguro defectuosos.»
Su guía no es un libro, sino un PDF vivo, creado y actualizado por él mismo cada vez que se equipa algo nuevo. Y no cubre solo San Martín: recoge también Cadalso de los Vidrios, Cebreros, Cabeza del Madroño, Hoyo de Pinares, Navatalgordo, Navalacruz, Piedralaves y la Lancha del Yelmo. Se consigue con una pequeña aportación y escribiendo a braulioexposito@gmail.com — dinero que, como en tantas zonas, ayuda de alguna manera volviendo a la roca.
Zarzalejo. Hemos hablado con Santiago, de @boulderzarzalejo, que pone el foco en algo que solemos dar por hecho: que una escuela no es solo un mapa de bloques, sino un lugar vivo que hay que cuidar. Su mensaje —que cuenta él mucho mejor— es que en la escalada no todo vale: lo que hacemos en la roca y a su alrededor tiene consecuencias, y disfrutar de una zona lleva de la mano la responsabilidad de cuidarla.
«Una buena escuela no se define solamente por la cantidad de bloques que tiene, sino también por la capacidad de quienes la frecuentan para conservarla.»
Durante un tiempo, Zarzalejo tuvo su guía impresa. Hoy ese trabajo está mutando hacia algo digital que, entre otras cosas, incluye un manifiesto sobre cómo entender y cuidar la escuela. Y lo que cuenta sobre cómo pisar una zona vale tanto como cualquier croquis.
La próxima vez que abras una guía local o salgas a escalar, acuérdate de que alguien limpió esa roca, la estudió y la fotografió —o dedicó su tiempo a cuidarla, llegar a acuerdos y prepararla— para que tú pudieras disfrutarla. Las vías y los bloques los cuidan ellos; desde PillaClimb solo ayudamos a que encuentres con quién escalarlos.
Propón planes de forma responsable →Gracias a Braulio y a Santiago, no solo por atendernos y contarnos su historia, sino por todo el tiempo y cariño que dedican a estas escuelas y que acaba siendo un regalo para los que escalamos en ellas.